5.22.2005

La Ceguera

Un hombre se levanta y mira por la ventana cómo el resto de los hombres se levantan y miran por la ventana. No le resulta curioso, quizá porque en el fondo le gusta no ser el único con esa maldición. Mira con mayor detenimiento la imagen que le muestra la ventana. No se horroriza al notar que esa cicatriz en la mejilla es prueba indiscutible de que todos esos hombres son él mismo. No quiere hacer juicio sobre eso, prefiere mantener abierta la posibilidad de que sea un sueño o una pesadilla, este hombre ya perdió la capacidad de diferenciar una de otra. Se siente observado, observado por esos hombres que son él mismo, eso lo aterra. Él es un hombre que vive en una casa sin espejos, que evita que su rostro se refleje en superficie alguna. Ahora, por un maldito y descabellado capricho de la realidad, se encuentra mirando esa ventana que lo muestra multiplicado hasta el infinito, hasta perderse en la incoherencia de su misma existencia. No puede escapar de la situación, siente que finalmente morirá viéndose morir. Repasa su vida en un instante construido de pasado, presente y futuro; maldice el día en que abrió esa ventana y la vida le mostró lo que él nunca quiso ver. Hombres que miran por la ventana, todos iguales y repetidos hasta el hartazgo, él, él y él una y otra vez. No soporta tantas miradas sobre si, por primera vez en su vida agradece ser ciego y no poder ver esos ojos que lo miran, que son sus ojos. No lo comprende, no tiene sentido. Este hombre nunca se miró, cómo ahora se está miran infinitamente y en un instante que no acaba...?
Es un sueño –piensa-, pronto todo acabará, volveré a mi vida de oscuridad, sin reflejos ni miradas que me iluminen. Pero con un parpadeo esa ilusión se destruye, la realidad lo abofetea de nuevo. Si, como dijo Borges, dilatar la vida de los hombres es dilatar su agonía y multiplicar el número de sus muertes, el observador al pie de la ventana las multiplicaba con cada parpadeo, dilataba su agonía con cada mirada que lo penetraba y lo interrogaba, hasta el infinito.
La realidad jugaba con él porque quiso evadirla, el hombre que intentó ser ciego se desmoronó cuando un espejo se abrió delante de él. Cuando la ventana se cerró ya no hubo oscuridad profunda e inexpugnable. Los hombres de la ventana se hicieron uno con aquel reflejo del otro lado del espejo y quedaron inmortalizados en su pupila. Ya no era ciego, finalmente se vislumbro a si mismo y no pudo más que llorar, llorar incontenible y penosamente.
Así la pesadilla concluyó, el hombre se despertó, se vistió, miró por la ventana antes de apagar la luz de la habitación, se quitó con dolor una lágrima solitaria y salió hacia su trabajo.
Ahora puede apagar el equipo.

2 Comments:

Blogger H.G. said...

No tengo mucho qué decir salvo que fue un buen post. Muy bueno realmente.
Curiosamente estoy actualmente en mi trabajo donde no hay una sola ventana.

Saludos.

mayo 23, 2005 6:02 p. m.  
Blogger Lucía Foos said...

Lindo, Gus.

Igual, no puedo dejar de verte en todo lo que escribís. No me puedo olvidar en ningún momento que lo escribiste vos, así que no lo juzgo como cualquier otro escrito...

No te diré que es increíble :) Pero está bueno. Yo le habría hecho un par de cositas diferentes. Pero esa soy yo.

Saludos.

mayo 30, 2005 12:21 a. m.  

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